Lunes 23 , Octubre de 2017

Madre hay una sola, mamá muchas (las mil caras de la maternidad)

(Por Mónica Nahás) Es común escuchar y repetir ¡Madre hay una sola! pero la pregunta que nos hacemos es si realmente es válida esta frase o se ajusta a la realidad de las personas de hoy en día.

Les pedimos a varias mujeres que nos compartan sus experiencias acerca de la maternidad. Podemos o no estar de acuerdo pero lo que no podemos dejar es de agradecer que nos permitan disfrutar de sus historias y aprender de ellas.

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Hablar de familia, no de mamá o papá
Raquel Costa
y Julieta Rosemffet: Raquel es española y Julieta argentina y son pareja desde hace casi siete años. Tienen un hijo, Arnaud, y pronto serán mamás de una nena. Ellas nos cuentas su experiencia de ser mamás:

Mi nombre es Raquel, nací en Barcelona. Después de un tiempo de estar en pareja con Julieta, ella me preguntó qué me parecía la idea de tener hijos. Creo que se me cortó la respiración. Nunca me había planteado ser mamá. Estuve largo tiempo sin saber bien qué quería, qué pensaba, qué sentía. No sé cómo ocurrió, pero finalmente mis dudas se fueron desvaneciendo, y empecé a imaginarme como mamá. Por mi edad y porque eso sí lo tenía claro, yo no fui la mamá gestante. Fueron dos años largos y difíciles. Mi papel fue el de apoyar a Julieta cuanto pude, de acompañarla y de armarme de paciencia ante sus altibajos debidos al tratamiento hormonal, las consultas médicas y varios abortos.

Un camino que desembocó en una noche inolvidable en la que de pronto una enfermera depositó en mis brazos a un pequeño ser que yo no sabía ni como agarrar y que no dejaba de llorar, mientras su otra mamá estaba dolorida y agotada.

Así pasé de mi vida solitaria a ser mamá de Arnaud y estar esperando a Leía, nuestra segunda hija. Y para mi es algo tan lindo, tan natural, que no se me ocurre que haya nadie a quien pueda resultarle extraño ver a una familia con dos mamás.

Soy Julieta, nací en Córdoba, Argentina. Hace 17 años me fui a vivir a Barcelona donde cursé estudios universitarios e hice mi vida.

Hace seis años y medio conocí a Raquel, mi actual pareja, catorce años mayor que yo. Un día le dije que me gustaría que tengamos un hijo y decidimos emprender este viaje sin retorno que es la maternidad.

La madre gestante seria yo, por dos obvias razones, la primera, es que Raquel nunca se había planteado la maternidad y tenía claro que no quería quedar embarazada, la segunda es que, por edad, ella corría más riesgos.

Tras un camino largo y agotador de médicos, pruebas y embarazos truncados, finalmente quedamos embarazadas.

Estando de menos de cinco meses de embarazo nos vinimos a vivir a Córdoba. En febrero de 2016 nació nuestro hijo Arnau y como toda pareja primeriza, teníamos un «pequeño retoño» que nos generaban un sinfín de emociones y sentimientos.

Sin dudas Raquel ha tenido que construir su relación con Arnaud después de que nació, mientras que el vínculo conmigo se creó durante el embarazo, pero la relación que han construido está tan llena de amor, de juegos, de risas y de contención, que creo que más linda es impensable. Yo no me siento ni más ni menos mamá que Raquel, sin dudas Arnau acude a cada una por necesidades diferentes, simplemente porque somos personas distintas.
Cuando nos preguntan ¿Quién es el papá? La respuesta, para mí, más importante, es que Arnau NO tiene papá, sino que tiene DOS mamás.

Las realidades y construcciones familiares han cambiado y nosotros somos una muestra de ello; de hecho, ahora estamos esperando a Leía, y quien recibirá tanto amor y cuidados de sus dos mamás como lo hace Arnau. Por último, si quiero decir que estoy totalmente en contra de la celebración del día de la madre, ya que es un festejo que sin lugar a dudas discrimina y hace sentir mal a infinidad de niños ya que las diversidades y formas de familias son tan variables, que no debería haber ni día de la madre ni del padre sino, más bien, día de la familia, una celebración que incluiría pacífica y amorosamente a todos.

Maternar es mucho más que parir
Mayra Sánchez es psicóloga y escritora, entre tantas otras cosas; eligió desde muy joven que parir hijos no era para ella. Nací en los setenta. Desde que era una nenita jugué a la mamá mucho más que a los autitos y al fútbol porque eso hacían las niñas buenas.

Cuando era adolescente decidí que no quería parir. No sabía por qué, pero me obligaron a pensarlo. A las mujeres no nos preguntan por qué queremos ser madres, pero nos interrogan si decidimos lo contrario. “El instinto materno es lo natural”, “una verdadera mujer es la que tiene sangre de su sangre en el vientre” o “te vas a arrepentir cuando seas vieja” fueron algunas de las frases escuché de los metiches hasta que la menopausia me salvó de tener que dar explicaciones por mis elecciones.

Han pasado dos décadas de esa decisión. Estoy convencida de que, para algunas mujeres, la trascendencia no pasa por parir. También sé que procrear no es la única manera de ser madre y aprendí que ser mamá, biológica o adoptiva, no es la única manera de maternar. Si maternar es dar amor y alimentar a un ser que no puede valerse por sus propios medios, muchas maternamos, sin ser madres, muchas veces. Aun así, no creo que maternar sea el único destino de una mujer.

No me convertiré en madre ni en mamá. Por eso tengo espacio en casa para seres que necesitan un hogar lleno de amor por un tiempo. A veces son niños y niñas, otras son animales. Soy su familia de acogida durante esas horas, días o años que suceden entre el abandono (o la pérdida) y el encuentro (o el reencuentro) con su familia. Quizás “sublime la maternidad”. Quizás sea demasiado desapegada. No lo sé. Si sé que me hace muy feliz acoger en mi extraña y ensamblada familia a un nuevo ser y que cada partida a sus hogares definitivos conjuga una tristeza efímera con una alegría infinita por saber que ellos serán felices y que yo hice, mal o bien, lo mejor que pude.

Aferrarse a la vida por los hijos
Fernanda Vivas tiene 34 años, es mamá de tres hijos, trabajaba como empleada doméstica y por una enfermedad dejó de hacerlo, hoy tiene un microemprendimiento de cotillón para fiestas, comuniones y Baby Shower. “La primera experiencia como mamá no fue muy linda, la viví con miedo porque cuando nació Valentina estuvo internada veintiocho días, era prematura, ya que durante el embarazo tuve una enfermedad Hepática. Después de tres años quede embarazada de Iván, tener un hijo varón es una experiencia especial y luego llegó Josefina, que no la esperábamos, tiene cuatro años, es divertida y compañera.

Mi experiencia como mama es muy especial, soy una mama muy presente trato de estar en todo momento con ellos y de acompañarlos, guiarlos y protegerlos, ellos son todo para mí, en el último tiempo ha sido muy difícil porque me diagnosticaron cáncer de colon, fue el día más difícil de mi vida, porque tuve que afrontar eso, lo primero que se me vino a la cabeza fueron mis hijos, y aún estoy con el tratamiento, y no quiero irme de este mundo dejándolos desamparados.

Ese día 8 de marzo cuando me diagnosticaron cáncer cambió mi vida y solo le pedí a Dios que me diera fortaleza para salir adelante. El treinta de marzo me operaron y estuve con quimioterapia hasta septiembre. Lo más importante era que los chicos no me vean mal, siempre trato de levantarme porque lo más importante como mamá es ayudarlos en todo lo que necesitan, estar con ellos y cuento decirles cuanto uno los ama”.
 

Adoptar: la maternidad consciente y elegida
Fernanda Pérez es periodista y escritora, después de mucho tiempo junto a su esposo adoptaron tres niñas, hermanas y de diferentes edades. “Con respecto a mi experiencia de la maternidad como mama adoptiva, como yo no tengo hijos biológicos es la experiencia de la maternidad en estado puro, no puedo hacer una diferencia entre una cosa y otra.

Creo que es una maternidad con una gran decisión de ser mama, y una maternidad que también tiene un proceso de búsqueda y de gestación que supera ampliamente los nueve meses porque todos sabemos que hay que inscribirse en el registro de adopción, esperar para que te llamen para los test psicológicos, el estudio socioambiental.

En mi caso fueron tres años y medio de espera. Es un proceso especial porque de pronto te encontrás, en mi caso, con tres nenas, hermanitas y de diferentes edades, donde te tenés que enfrentar a muchas cosas, a ser mama, en eso creo que a todas las mujeres nos pasan cosas parecidas, otro fue adaptarnos junto con mi marido, pasar de ser dos a ser cinco,  y luego también  acompañar ese proceso de adaptación con los hijos, porque esos niños tienen sus propias historias, no siempre tiene una experiencia de convivencia en un hogar, traen sus propias heridas y aunque uno no haya sido el causante tiene que asumir la responsabilidad de curar esas heridas, acompañarlos.

Creo que pasar ese proceso de adaptación luego todo lo demás es como cualquier maternidad, lo más diferente es ese proceso inicial de adaptación. Después de un tiempo uno se olvida de esas fronteras de los hijos biológicos o los hijos adoptivos. Con los hijos adoptivos uno trabaja mucho sobre la verdad, sobre la propia historia e identidad, es un camino de aprendizaje para una mamá poder convivir con esa historia que el niño ya trae, que debemos incorporar a la familia y cuidarla, amarla y respetarla.
Siempre les digo a aquellos que están en dudas acerca de adoptar un hijo que se atrevan que es un camino hermoso, que tiene sus dificultades, pero nos son imposibles y pero que es un camino que vale la pena recorrer”.

Deseo y convicción: familias multiculturales y ensambladas
Denise Henry es COO de una empresa donde trabajan más de cinco mil personas, es mama de cuatro hijos, formó su familia al mismo tiempo que desarrollaba su carrera profesional.
“¡Me casé a los veintiocho años y empecé a sumar niños! Primero nació Benicio, después llegó Gael, que hoy es mi hijo mayor porque lo adopte en Haití, y después llegaron las mellizas, Lupe y Paz.

Siempre tuve la convicción muy clara de seguir mis deseos y tuve la suerte de tener un marido generoso y buen compañero que siempre me acompaño y apoyo tanto en mi vida personal como profesional. Siempre quise ser mamá y para mí la maternidad es mucho más amplia que la genética. A Gael lo trajimos de Haití, tenía raquitismo, que ya se repuso, y hoy ocupa el rol de hermano mayor, Benicio se acostumbró a ser el segundo, habiendo sido el primero, ellos son inseparables. Después llegaron “las mellis”. ¡Queríamos buscar la nena y llegaron dos!

La mayor pasión de mi vida es ser mamá, y por eso también siento una enorme responsabilidad. Ser mamá me detonó una responsabilidad muy fuerte del hacer saber que se puede cuando se quiere, que vale la pena y que las cosas se hacen con conciencia y persistencia. Siento que se los debo a ellos y por eso también usar mi lugar hoy para posicionar el rol de la mujer siento que es una responsabilidad también para con mis hijos para dejarles un mundo mejor, un mundo donde ellos sientan que su mamá construyó con muchísima conciencia y amor”.

Podríamos contar miles de historias de mujeres que eligen día a día ser madres, sin que eso implique tener o no hijos, que no hay diferencia en entre propios y adoptados, pero todas coinciden que maternar es un don y una posibilidad, un aprendizaje permanente y una entrega generosa donde lo más importante es fortalecer a los hijos para que un día vivan su propia vida.
¡Feliz Día!

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